Volvimos a Malabia

Mucho tiempo pasó desde que nos tuvimos que ir de nuestro antiguo edificio porque “dijo basta”. Eso fue en el año 2007. La escuela funcionó durante seis años en la sede transitoria en Yerbal 25. Se construyó un nuevo edificio con amplios espacios, luminoso y confortable. Cuenta entre otras cosas con aire acondicionado, calefacción, varios laboratorios (informática, biología - físicoquímica, edición y radio), biblioteca, departamento de orientación, etc. Estamos desde el 2013 nuevamente en Malabia 2148 en el barrio de Palermo. La propuesta es formar jóvenes pensantes, democráticos, críticos y creativos para los desafíos del siglo XXI.

LA NOCHE DE LOS LÁPICES


2010.09.16 La noche de los lápices
Por Elena Luz González Bazán
El nombre doloroso fue dado por la propia dictadura, cuando aquel 16 de septiembre secuestran a los dirigentes estudiantiles que no aparecerían más, previamente habían levantado, en la jerga dictatorial, a Gustavo Callotti, el 8 de septiembre, Pablo Díaz fue secuestrado el 21 de septiembre y Emilse Moler y Patricia Miranda el 17 de septiembre de aquel 1976.Los detenidos desaparecidos que continúan en esa situación son: Claudio Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Horacio Húngaro, Francisco López Muntaner y Daniel A Racero.
Aquel día sale, definitivamente, a la luz por las declaraciones de uno de los sobrevivientes, Pablo Díaz, en el juicio a las Juntas en 1985.
Según esa declaración que fue la única en aquel momento, la desaparición de los adolescentes fue por el pedido del boleto estudiantil, algo que conseguirán faltando muy poco para el golpe de estado del 24 de marzo de 1976.
Por su lado, Emilse Moler sostuvo años después que no fue por aquel reclamo.
La película de Héctor Olivera basada en el libro de María Seoane y Ruiz Núñez, con el asesoramiento de Díaz refleja que el secuestro por parte del Batallón 601 fue por este motivo esencialmente.
Los años pasaron, los debates se entablaron entre los propios sobrevivientes, pero lo esencial de aquel instante es que hoy los estudiantes secundarios siguen tomando aquella fecha como emblema para manifestarse. La realidad de aquella larga noche golpea con 257 estudiantes secundarios detenidos desaparecidos tal el informe de la Conadep y más de 300 casos corroborados en estos años.
Lo que afirmaba Gustavo Calotti a 22 años de aquellos días es lo siguiente:
Para entonces yo trabajaba como 'correo' de la oficina Tesorería de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, en la Jefatura ubicada en la calle 2 entre 51 y 53 de la ciudad de la Plata. Por la mañana iba al colegio y por la tarde trabajaba. Comencé a trabajar en dicha repartición oficial en el mes de noviembre de 1975. El día 8 d septiembre de 1976, mientras estaba trabajando, fui llamado por mi jefe, el Comisario Ordinas. Cuando entré en su despacho, deberían ser entre las 17 y 17.30 horas, ya se encontraba allí una persona que yo nunca había visto y que se presentó como Comisario Inspector Luís Vides. Este último comenzó a hablarme violentamente y a preguntarme para quién trabajaba, que sabía que yo 'andaba en algo' y que si no hablaba en ese momento de todas maneras 'me iban a masticar todo'. Recuerdo perfectamente el sentimiento de angustia que me invadió en ese momento.
Luego en su declaración relata los días del secuestro y la tortura: Estábamos sentados en el suelo y al lado mío había una persona. Con esta chica pude apenas hablar y se trataba de Claudia Falcone, una estudiante de secundario de Bellas Artes. Recuerdo que lloraba. Allí había muchos jóvenes que provenían de diferentes colegios secundarios de La Plata y que eran víctimas de lo que más tarde se llamó La Noche de Los Lápices. Se encontraban Emilce Moler, Horacio Ungaro, Claudio de Acha, Pablo Díaz, Patricia Miranda, Francisco López Muntaner, María Claudia Ciochini, Víctor Treviño, Daniel Alberto Racero.
La militancia de los adolescentes es innegable, eran delegados de los colegios secundarios de La Plata y adyacencias y le agregaban la militancia en barriadas obreras y de trabajadores, donde asistían a alfabetizar, ayudar en la construcción de casitas precarias o bien colaboraban con alimentos y la comida, jugaban con los chicos y ayudaban a asfaltar la villa.
Una realidad que se irradió por todos los espacios donde aquella efervescencia militante y de compromiso se esparció.
Fue el compromiso por lo mejor, lo superior, lo necesario, por lo buscado y por los ideales, tenían militancia político partidaria, eran jóvenes, se divertían pero esencialmente soñaron con un país mejor.
Cuando llegó el tiempo del secuestro y la tortura, la desaparición forzada, no importó sus edades o sus anhelos nobles, fueron obligados a sufrir las mismas humillaciones, simplemente por querer ser libres.